Elecciones 2026 y el momento histórico inconcluso.

Por Indira Nima Alfaro

A una semana de haberse realizado las elecciones del 2026 queda claro que el Castillismo, con la representación de Roberto Sánchez se impuso frente a 34 partidos políticos en competencia, y hoy aunque intenten opacarlo, pasa a la segunda vuelta electoral junto a Keiko Fujimori, dejando atrás a otras fuerzas de ultra derecha como López Aliaga y otras figuras visibles como Jorge Nieto, López Chau y Belmont Cassinelli.

Este proceso demuestra, que desde su irrupción en la escena política peruana, Pedro Castillo se mantuvo como símbolo político: se mantuvo presente en el debate, en el voto y en la memoria de las mayorías que se sienten excluidas por una élite que históricamente les negó representación. Y se impuso, contra la fragmentación, contra una enorme contracampaña, contra las dificultades de una campaña en medio de un encarcelamiento injusto y más. En la figura de Pedro Castillo ha girado el discurso electoral, citado y ninguneado a la vez por muchos candidatos sobre todo de quienes lograban avanzar en las preferencias y también de quienes solo llegaron al 0.5% más o menos del electorado.

-La fragmentación y división de los partidos tradicionales.

En el Perú, el fracaso de los partidos políticos se origina en su falta de organización real y en su desconexión con las bases. En muchos casos, ni siquiera existen estructuras partidarias; y cuando las hay, esta estructura es excluida de la toma de decisiones importantes, mientras las bases viven y entienden la realidad, las cúpulas actúan alejadas de ella. Esta ruptura entre dirigencia y pueblo hace que el partido pierda capacidad de interpretar el Perú a profundidad y pierda el rumbo tomando caminos equivocados. Estas elecciones han sido un portazo contundente para esa forma de hacer política: un rechazo directo a quienes creyeron que podían dirigir el proceso electoral alejado del electorado y subestimaron la existencia en el seno popular de un movimiento castillista que tiene elementos clave como arraigo popular, identidad y conexión directa con las masas.

Hoy, desde el campo hacia las regiones, el Perú profundo volvió a hacerse sentir. El voto rural y campesino no solo se rebeló y resistió a imposiciones desde Lima, sino que ha definido el escenario político, reafirmando una demanda histórica de participación y dignidad frente al racismo, desprecio y centralismo capitalino de López Aliga y otros partidos políticos. El voto campesino, rural, de abajo nuevamente se impuso para reclamar sus derechos políticos que han sido arrebatados por una élite que tanto como en el 2021, hoy pretende anular el sufragio de campesinos de Cajamarca y Puno, entre otras regiones con mayor respaldo a R. Sánchez.

 

-No entendieron al pueblo

Cabe mencionar que en estas elecciones también, postuló un grupo de izquierda denominado Venceremos, y fuimos testigos de cómo algunos de sus  representantes llamaron “despistados” a quienes apostaban por el llamado de Pedro Castillo desde el penal, y cito: “Algunos sectores — quizás los más despistados— creen que basta con invocar la figura del presidente Castillo como un gran general en medio de esta batalla política para vencer” señalaba uno de los dirigentes de la denominada alianza; asimismo otros candidatos de la misma agrupación mencionaban que “El cargo de presidente le quedaba grande a Pedro Castillo” y que tras el mensaje del 7 de diciembre votaron por la vacancia y se reafirmaban en ello.

No permitir el debate de las bases, cerrarse a un análisis individualista equivocado y dejar de lado, el momento político cuya figura clave es para los pueblos, Pedro Castillo, repercutió en el bajo respaldo del pueblo de abajo, del pueblo campesino y rural que ya en silencio tenía una apuesta.

En un documento de respuesta denominado “izquierda citadina y despistada II” señalé que es un error desde Venceremos llamar despistados a quienes retoman la bandera de Pedro Castillo y cito:

En este contexto, de alta desconfianza de la ciudadanía y falta de un liderazgo en los partidos inscritos hasta el 12 de abril, que haya calado en el pueblo, Pedro Castillo —hoy preso político, traicionado por Dina Boluarte, quien se alió con la ultraderecha para destituirlo— sigue siendo visto como un referente político, que ante la percepción del pueblo, no cedió a las presiones y a los golpes contínuos de los poderes económicos nacionales e internacionales que no lo dejaron gobernar. Esta percepción explica la encuesta de IPSOS, que revela que un 37% del electorado lo respalda. (15% votaría definitivamente por él y 22% podría hacerlo). En contraste, 11% afirma que votaría por Keiko Fujimori. Si las elecciones fueran hoy, Castillo y Keiko volverían a enfrentarse en una segunda vuelta.

Pero comprender al pueblo exige más que invocar la unidad sin practicarla o hablar de solidaridad sin reconocer que el ego ha impedido sinceros acercamientos y acuerdos. Llamar “despistados” a quienes respaldan a Castillo es un error: los verdaderos despistados son aquellos que, ignorando el respaldo popular, insisten en imponerse y frustrar desde un inicio intentos de unidad.

Liderar una unidad real implica reconocer el impacto del estallido social, asumir las responsabilidades de los partidos en ese proceso y entender que el pueblo desconfía de quienes no han demostrado coherencia o han traicionado sus expectativas. La tarea de los partidos políticos es clara: reconstruir liderazgos que nazcan de abajo, del pueblo, y que no vuelva a dejarlo huérfano en momentos decisivos.

-Pedro Castillo y el momento histórico inconcluso:

El Perú atraviesa un momento histórico que no puede leerse solamente desde el plano electoral. Hay una continuidad profunda en la memoria colectiva, en el sentimiento popular-campesino: la rebelión de Túpac Amaru, el gobierno de Juan Velasco Alvarado y la irrupción de Pedro Castillo. Tres momentos distintos, pero unidos por una misma raíz que ha marcado la lucha del pueblo como protagonista del poder político, como sujetos políticos; momentos distintos pero interrumpidos por los mismos actores que representan a esta élite con quien el pueblo mantiene esa lucha política constante.

Hoy esa historia inconclusa vuelve a abrirse paso en una segunda vuelta (que se ve nuevamente interrumpida en su proceso) que no es solo una elección más: es la disputa entre dos proyectos de país: la continuidad de una élite y la lucha de un pueblo que insiste incansablemente, una y otra vez en hacerse escuchar, avanzar en la consolidación de su fuerza política, recuperar y revertir la historia, esa historia de despojo, destierro y escarmiento.

La verdadera unidad del pueblo se libra en esta segunda vuelta, hoy seguimos en ese mismo camino señalado por las grandes mayorías del campo popular, campesino, y de abajo, de donde venimos todos. Hoy, reafirmo esa lealtad a seguir siempre del lado del campesino, de mi origen.

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